
Hay edificios que te sorprenden y otros que te transforman. El Edificio Xanadú, diseñado por Ricardo Bofill y encaramado sobre un acantilado en Calpe, pertenece a la segunda categoría. Desde el momento en que lo vi, sentí que no era simplemente un lugar para habitar, sino un refugio entre el cielo y el mar, un espacio que parece existir fuera del tiempo, donde lo cotidiano y lo onírico se mezclan.
Lo primero que me transmite es calma. Esa sensación de estar frente al Mediterráneo, rodeada por colores suaves y envolventes, como si el edificio fuera una extensión de la naturaleza misma. Los tonos verdes de sus muros no buscan imponerse, sino fundirse con el horizonte. Me hace pensar que la arquitectura puede ser también un acto de respeto hacia el paisaje, una forma de integrarse en lugar de dominar.
Caminar por Xanadú es como atravesar un laberinto de sensaciones. Las formas puras y geométricas parecen tener su propio lenguaje, un equilibrio entre lo simple y lo complejo que me invita a detenerme, a observar cada detalle. Cada arco, cada sombra y cada balcón parecen contar su propia historia.
Al igual que en un jardín zen, donde cada piedra, cada rincón tiene un propósito, en Xanadú cada línea, cada sombra, cada arco parece pensado para guiar tus sentidos. Es un espacio que me invita a la introspección, como si sus pasillos y terrazas fueran un laberinto no para perderte, sino para encontrarte.
También hay algo de fantasía en él, algo que me recuerda a las ciudades imaginadas de las antiguas leyendas orientales, donde los edificios parecen flotar entre las nubes. Esa sensación se hace aún más fuerte cuando te asomas desde una de sus terrazas y ves cómo el mar se extiende infinito bajo tus pies, como si el edificio estuviera suspendido entre dos mundos.
Me recuerda a las casas tradicionales japonesas, donde lo importante no es la cantidad de espacio, sino la calidad de cómo se vive. Sus arcos y pasillos me hacen pensar en los portales que tantas veces he visto en la cultura china, símbolos de transición y transformación. Es como si caminar por este edificio fuera en sí mismo un viaje, no solo físico, sino emocional.






Para mí, Xanadú es un recordatorio de cómo la arquitectura puede beber de culturas y filosofías distintas para crear algo universal. Un lugar que, aunque está anclado en Calpe, tiene la capacidad de transportarme a los templos del lejano Oriente, a sus colores y su serenidad. En este rincón de “Viaje oriental”, este edificio simboliza el encuentro entre lo local y lo global, entre lo tangible y lo espiritual.
Es un espacio que me inspira a valorar la belleza del detalle, la quietud del momento y la magia de imaginar que, incluso en el Mediterráneo, se puede encontrar un pedazo de Oriente.